4. Ejemplos de su Inigualable Moralidad

June 24, 2013 in La Última Religión Divina ISLAM

El Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) mostraba siempre una extraordinaria misericordia, no sólo hacia los seres humanos, sino también hacia los animales, las plantas y la naturaleza toda. Después de que los paganos rompiesen el pacto que habían firmado con los Musulmanes, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) partió hacia Mekka con su magnífico ejército de 10.000. Mientras marchaba de un lugar llamado Ary hacia Talub, vio a una perra que amamantaba a sus cachorros. Inmediatamente llamó a Yuayl bin Suraka –uno de sus Compañeros- y le pidió que protegiese a esos animales y evitase que el ejército pudiera lastimar a la madre o a alguno de los cachorros.[1]

Un día, pasó el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) por delante de la casa de uno de los Ansar. Dentro había un camello que se puso a gemir cuando vio a nuestro Maestro el Profeta. Éste se puso a acariciarlo por detrás de las orejas con una gran ternura. El camello se calmó y el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) preguntó en voz alta:

¿De quién es este camello?

Un joven de Medina se acercó y dijo:

Es mío, Mensajero de Allah”.

El Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) le dijo:

¿No tienes temor de Allah en lo que respecta a este animal que Él te ha concedido? Se me ha quejado que no le das de comer y le haces trabajar en demasía.” (Abu Daud, Yihad, 44/2549)

En otra ocasión, el Profeta vio a un hombre que estaba preparándose para degollar un cordero. Mientras tenía al animal tumbado, afilaba el cuchillo de forma que el cordero sufría al intuir lo que le esperaba. El Noble Profeta, al ver aquella escena, se acercó y le dijo al hombre:

“¿Quieres matar al animal muchas veces? ¿Por qué no afilaste el cuchillo antes de tumbarlo?” (Hakim, IV, 257, 260/7570)

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) perdonó a mucha gente que le había causado un gran daño, a pesar de que ahora tenía el poder para castigarles. No les humilló ni siquiera aludiendo a las faltas que habían cometido contra él, pues no quería que nadie sufriese o quedase lastimado, ya fueran creyentes o incrédulos, y siempre se comportó con la gente de forma noble y cordial. Cuando conquistó Mekka sin derramar una sola gota de sangre, los que habían sido sus enemigos durante 20 años, estaban reunidos y esperaban su veredicto. Dirigiéndose a ellos, les dijo:

¡Oh gentes del Quraish! ¿Qué pensáis que voy a hacer con vosotros ahora?

Los Quraish respondieron:

Con la esperanza puesta en tu bondad y benevolencia decimos: Pensamos que harás el bien, honorable hermano, bondadoso y honorable primo hermano.

Ante aquellas palabras, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) les dijo:

Así como dijo Yusuf a sus hermanos, yo os digo: Que no haya reproche ni venganza en este día. ¡Que Allah os perdone! Y en verdad que Allah es el más Misericordioso de los misericordiosos. Podéis iros a vuestras casas, estáis libres”.[2] (Ibn Hisham, IV, 32; Vakidi, II, 835; Ibn-i Sad, II, 142-143)

Ese día también perdonó a Hind quien llena de odio arrancó el hígado de su amado tío Hamza (que Allah esté satisfecho de él) y lo mordió en la batalla de Uhud. Incluso a Hebbar bin Aswad, causante de la muerte de Zaynab, hija del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) le alcanzó la amnistía, lo mismo que a muchos otros.[3]

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) era una persona extremadamente humilde. En el Día de la Conquista, cuando ante los ojos de los demás aparecía como el hombre más poderoso de Arabia, tranquilizó a una persona que vino a su presencia temblando de miedo con las siguientes palabras:

¡No temas! No soy un rey o un dirigente. Soy el hijo de una mujer del Quraish que comía carne seca.” (Ibn-i MAyah, Etime, 30; Hakim, III, 50/4366)

Solía instruir a sus Compañeros para que añadiesen la palabra «siervo» a la de Mensajero de Allah cuando pronunciasen la shahadah (o proclamación de su profecía) como medio de evitar que más adelante la gente pudiera atribuir la divinidad a los seres humanos.[4] A este respecto también solía decir:

No me elevéis por encima del rango que me corresponde. Antes de que Allah me adoptase como Su Mensajero, me adoptó como Su siervo.” (Haythami, IX, 21)

Abu Umama (que Allah esté complacido con él) dijo en una ocasión:

Las palabras del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) siempre se referían al Qur’an (hablaba de él y lo explicaba). Solía mencionar mucho el nombre de Allah. Nunca participaba en conversaciones ociosas. Sus discursos eran cortos y su salah, larga. Nunca dudó en caminar con una viuda o con un pobre y hacerse cargo de sus problemas, y nunca se mostró arrogante.” (Ver Haythami, IX, 20; Nesai, Yumuah, 31)

El Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) era ejemplar en su amabilidad, educación y elegancia. Ordenaba mantener siempre limpia la ropa, no toleraba zarrios, ni llevar los pelos de la cabeza o de la barba, desgreñados. Nunca pronunció palabras groseras como solía hacer la gente. Una vez, dijo:

En el Día del Jucio Final, en la balanza del creyente, no habrá nada más pesado que su buena conducta. Allah el Elevado odia a la persona que se mueve o habla groseramente.” (Tirmidhi, Birr, 62/2002)

Cuando le llegaba la noticia de que alguien había pronunciado una grosería, no preguntaba por qué fulano había dicho esto o aquello, sino que preguntaba, porque había gente que decía esto o aquello.[5]

Cuando se estableció la shari’a, se embelleció y ennobleció el estatus de la mujer. Se convirtieron las mujeres en ejemplo de modestia y recato. La maternidad alcanzó su máxima dignidad. Cuando el Profeta dijo:

servid a vuestras madres, pues el Paraíso está bajo sus pies[6]

se puso a las madres en un pedestal. Aisha (que Allah esté complacido con ella) confirmó que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) nunca permitió la violencia en sus hogares, y nunca pegó a nadie.[7] Allah Todopoderoso ha dicho:

“… Convivid con ellas según lo reconocido, y si os disgustan, tal vez os este disgustando algo en lo que Allah ha puesto mucho bien.” (An-Nisa, 4:19)

Nuestro Maestro el Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) era extremadamente generoso. Uno de los más prominentes personajes de entre los paganos de Mekka, Safwan bin Umayya, a pesar de que entonces no era Musulmán, le acompañó en las batallas de Huneyn y Taif. Mientras examinaban el botín en Yiranah, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) notó que Sawfan miraba con admiración aquellos objetos, y le preguntó:

¿Te gusta lo que ves?

Safwan le dijo que sí. Entonces el Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) añadió:

Entonces, cógelo, es todo tuyo.”

Safwan no se pudo controlar y dijo:

No puede haber un corazón tan generoso si no es el de un Profeta.

A continuación hizo la shahadah y se convirtió al Islam.[8] Cuando volvió a su tribu, les dijo:

¡Oh gente mía! ¡Haceros Musulmanes! Muhammad me ha demostrado su generosidad y benevolencia.[9]

d

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) falleció el 8 de junio de 632 dc, el año 11 del calendario Musulmán, el 12 del mes de Rabiulawwal, un lunes.

Tan sólo diez años después de haber llegado a Medina como un emigrante, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) estableció su hegemonía en toda Arabia, desde Oman hasta el Mar Rojo, y desde el sur de Siria hasta el Yemen. Por primera vez en su historia, Arabia había sido unificada. Un pensador francés exaltó la genialidad del Profeta Muhammad basándose en el éxito de su misión:

“Si la grandeza del objetivo, los medios limitados de los que se dispone, y el éxito en el resultado son los tres factores para medir el genio humano, ¿quien se atrevería a comparar a las grandes personalidades de la historia moderna con Muhammad?”[10]



[1].      Vakidi, II, 804.

 

[2].      Yusuf, 12:92)

 

[3].      Muslim, Aqdiye, 9; Vakidi, II, 857.

 

[4].      Bujari, Anbiya, 48)

 

[5].      Abu Daud, Adab, 5/4788

 

[6].      Nasai, Yihad, 6; Ahmad bin Hanbal, III, 429.

 

[7].      Ibn-i Mayah, Nikah, 51.

 

[8].      Vakidi, II, 854-855.

 

[9].      Muslim, Fedhail, 57-58; Ahmad bin Hanbal, III, 107-108.

 

[10].     A. de Lamartine, Histoire de la Turquie.