2. El Periodo de la Profecía

June 24, 2013 in La Última Religión Divina ISLAM

Cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) cumplió los cuarenta, Allah Todopoderoso le dio la profecía ordenándole:

“¡Lee (o proclama) en el nombre de tu Señor que ha creado! Ha creado al hombre de un coágulo.” (Al-Alaq, 96:1-2)

Un tiempo después de haber declarado su invitación, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) se dirigió a la gente de la tribu Quraish desde lo alto de una roca en la colina de Safa:

“¡Oh gente de Quraish! Si os dijera que al otro lado de esta montaña o en aquel valle hay un ejército enemigo dispuesto a atacaros y robaros vuestros bienes, ¿me creeríais?

Sin el menor titubeo, respondieron:

Sí, te creeríamos, pues hasta ahora no nos has dicho sino la verdad. Nunca te hemos visto mentir.”

Entonces, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) les declaró que era un Mensajero-advertidor enviado por Allah. Con gran emoción les dijo que todo aquel que crea en sus palabras y se conduzca correctamente en la vida, tendrá la más bella recompensa en el Más Allá, mientras que los incrédulos sufrirán un doloroso tormento. Les advirtió que es necesario preparar la inmortalidad en esta vida. Pero enseguida comprendió el Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) que es muy difícil hacer que la gente abandone sus creencias erróneas.[1]

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) no ahorró esfuerzos, a partir de ese día, en invitar a su gente al camino recto a pesar de su persecución opresora. Iba puerta por puerta, hablaba a la gente en los mercados, y con los peregrinos que llegaban a Mekka de toda Arabia. No perdía una sola oportunidad para llamar a su gente al camino recto. Nunca mostró cansancio o aburrimiento a la hora de llevar a cabo la tarea que se le había encomendado. Les repetía una y otra vez las mismas verdades y las mismas advertencias, incluso a los que eran abiertamente hostiles a su mensaje. Diciéndoles:

“…no os pido ninguna recompensa por ello ni soy un impostor” (Sad, 38:86)

les informaba que él solamente actuaba por Allah, sin esperar nada de nadie.

Como la mayoría de la gente de su tiempo, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) era iletrado – no sabía leer ni escribir.[2] Por esa razón, era imposible que hubiera aprendido todo lo que anunciaba con otra persona o que lo hubiera leído en un libro. Para alguien que es iletrado, comenzar –de repente- a hablar con tal elocuencia y fluidez como él, sólo es posible con la revelación. Incluso sus enemigos lo reconocieron.

Los paganos siempre habían apreciado las cualidades morales de nuestro Maestro el Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz), y estaban convencidos de que no mentía. Pero no estaban dispuestos a abandonar sus riquezas, muchas veces ilícitamente obtenidas, o sus deseos carnales. Un día, Abu Yahl y un grupo que iba con él –los más fieros enemigos del Profeta- pararon al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) y le dijeron:

¡Oh Muhammad! Por Allah que no decimos que eres un mentiroso, sabemos que eres el digno de confianza. Sin embargo, negamos las ayaat que nos traes.[3]

Los paganos intentaron por todos los medios que el Profeta abandonara su misión. Incluso le pidieron a su amado tío que interviniera. Una vez fueron al Profeta con una atractiva propuesta, asegurándole que si dejaba de insultar a sus dioses y de decir que sólo se debe adorar a Allah, le coronarían rey de Mekka, le darían una importante suma de dinero hasta convertirle en el hombre más rico de la ciudad, y le darían en matrimonio a las mujeres más hermosas del lugar. Incluso le aseguraron que estaban dispuestos a hacer lo que les ordenase. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) les respondió de una forma lúcida y contundente:

No quiero nada de vosotros. Ni bienes materiales, ni honores, ni reinos. Lo único que quiero es que dejéis de adorar a vuestros ídolos y os volváis a Allah que es Uno.” (Ibn-i Kathir, Al BIdayah, III, 99-100)

Cuando los paganos se dieron cuenta de que no conseguirían nada tratando de comprar al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz)  con las delicias de este mundo, decidieron probar con la hostilidad y la persecución. Comenzaron a oprimir a sus seguidores y a torturarlos. Algunos de ellos, por consejo del propio Profeta, emigraron a Etiopía, regida en aquel tiempo por una administración justa.

Los paganos rompieron todas las relaciones con los Musulmanes y sus protectores, los Banu Hashim (la tribu del Profeta), incluyendo el matrimonio y las transacciones civiles. Consagraron su actuación colgando de uno de los muros de la Ka’aba el pacto de boicot que habían hecho contra los Musulmanes. Este boicot y este embargo continuaron, incrementándose día a día durante tres años. Los Musulmanes sufrieron lo indecible durante este tiempo. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) junto con Zaid bin Haris, se dirigió a la ciudad de Taif, a 160 kilómetros de Mekka, y permaneció en ella durante 10 días hablando con los líderes de la tribu de Thaqif que tenían, algunos de ellos, parentesco con su madre. El resultado, no obstante, de aquellas conversaciones fue nefasto. Se burlaron de él y le injuriaron, promoviendo que sus esclavos y los niños se pusieran en hileras y le arrojasen piedras a su paso. A pesar de tener el cuerpo herido y sangrante hasta el punto que las sandalias estaban pegadas a sus pies, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz), en su misericordia, no les maldijo sino que pidió a Allah:

¡Oh Allah! Mis fuerzas me han abandonado y me siento desamparado. Mira cómo he sido considerado bajo e inútil a los ojos de la gente. ¡Oh Tú, el más Misericordioso! Si no estás enfadado conmigo, nada me importa lo que pueda sufrir. ¡Oh Allah! Abre sus ojos a la verdad, pues no saben. ¡Oh Allah! Pido Tu perdón aquí hasta que estés satisfecho.” (Ibn-i Hisham, II, 29-30; Haythani, VI, 35)

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) contó su vuelta de Taif de la siguiente manera:

Volvía de aquel viaje y mi ánimo estaba dolorido. Llegué a un lugar llamado Karmul Sealib totalmente extenuado. Cuando levanté la cabeza, vi una nube que me hacía sombra. Cuando miré más detenidamente, me di cuenta de que ahí estaba Yibril (sobre él la paz). Me dijo: ‘Allah Todopoderoso ha oído lo que esa gente ha dicho de ti y de cómo se han negado a darte protección. Te envía el Ángel de las Montañas para que les inflija el castigo que decidas.’ Entonces el Ángel de las Montañas me saludó y me dijo: ‘¡Oh Muhammad! Allah Todopoderoso me envía a ti para que me ponga a tu servicio. ¿Qué quieres que haga? Si lo deseas, puedo levantar esas dos montañas y arrojarlas encima de sus cabezas.’ Yo le respondí: ‘No, le pido a Allah Todopoderoso que permita que sus hijos y descendientes le adoren sólo a Él, sin asociar nada ni nadie con Allah.’” (Bujari, Bed-ul Halk, 7; Muslim, Yihad, 111)

En esos días, un grupo de gente que llegó de Medina se convirtió al Islam y comenzó a invitar a su gente al Din de Allah. Pidieron a nuestro Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) que les enviase a una persona con conocimiento. En muy poco tiempo, Islam fue entrando en todos los hogares de Medina. Por último, invitaron al Profeta de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) y le prometieron que le protegerían, si fuera necesario, con sus vidas.



[1].      Ver Bujari, Tafsir, 26/2; Ahmad bin Hanbal, I, 159, 111.

 

[2].      Al-Ankabut, 29:48.

 

[3].      Vahidi, Esbabu Nuzul, pag. 219; Tirmizi, Rafsir, 6/3064.