Allah es absolutamente justo. Ninguna de Sus acciones lleva consigo la menor carga de injusticia. Uno de Sus bellísimos nombres es al-Adl, el que ejerce la justicia absoluta.[1] Por ello, espera de nosotros, Sus siervos, que actuemos con justicia y corrección. Allah ha dicho en el Noble Qur’an:
“¡Vosotros que creéis! Sed firmes en establecer la justicia dando testimonio por Allah, aunque vaya en contra de vosotros mismos o de vuestros padres o parientes más próximos, tanto si son ricos como si son pobres; Allah es antes que ellos…” (An-Nisa’, 4:135)
Islam ordena a los Musulmanes ser justos incluso con sus enemigos:
“¡Vosotros que creéis! Sed firmes a favor de Allah, dando testimonio con equidad. Y que el odio que podáis sentir por unos, no os lleve al extremo de no ser justos. ¡Sed justos! Eso se acerca más a la temerosidad…” (Al-Ma’ida 5:8)
Nuestro Maestro el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le de la paz) nos exhortó a ser justos tanto en un estado de serenidad como en un estado de ira, y nos prometió grandes recompensas para aquellos que nos mantuviéramos firmes en este consejo.[2]
La dialéctica primordial o el conflicto básico en Islam se da entre los opresores o aquellos que apoyan la opresión, y los que actúan justamente y apoyan la justicia.
Allah afirma en el Qur’an:
“Que no haya entonces hostilidad excepto contra los injustos.” (Al-Baqara, 2:193)
Para que un Musulmán pueda vivir en una sociedad, es necesario que se hayan establecido en ella la justicia y los derechos básicos del hombre. De lo contrario, cuando hay opresión, será obligación suya oponerse con todos los medios a su alcance hasta lograr que esa sociedad cambie la tiranía por la justicia. No hay más dialéctica en el Islam, socialmente hablando, que la de la justicia versus el despotismo.[3]
Por esta razón, las naciones musulmanas eran muy cuidadosas con el tema de la justicia. Un ejemplo de ello lo encontramos en la historia de la conquista de Siria: Los Musulmanes habían tomado la ciudad de Homs. Como está estipulado en el Islam, los no Musulmanes tenían que pagar la yizia (una cantidad similar al zakat de los Musulmanes) a cambio de recibir protección en caso de ataque. Poco después, Heraclio, rey de los bizantinos, preparó un gran ejército y marchó hacia la ciudad de Homs con la intención de conquistarla de nuevo. Cuando los Musulmanes se enteraron de la noticia sintieron temor y devolvieron el dinero de la yizia a los cristianos y judíos de Homs diciéndoles:
“Pronto seremos atacados por un poderoso ejército y no disponemos de los medios para protegeros. Tomad pues vuestro dinero y actuar como mejor creáis, pues sois libres.”
La gente de Homs respondió:
“Ponemos a Dios por testigo que vuestro gobierno y vuestra justicia nos son más queridos que el despotismo y la opresión que hasta ahora hemos sufrido. Defenderemos con vosotros la ciudad contra Heraclio.”
Los judíos dijeron al respecto:
“Juramos por la Torah que el ejército de Heraclio no entrará en la ciudad a menos que nos derrote y nos extermine.”
Cerraron las puertas y juntos lucharon contra Heraclio, defendiendo la ciudad de Homs. Los cristianos y los judíos de otras ciudades vecinas con quienes se habían establecido tratados de paz, hicieron lo mismo y dijeron:
“Si los romanos y sus aliados derrotan a los Musulmanes, volveremos a los tiempos de la opresión y el despotismo, y tendremos que enfrentarnos a innumerables dificultades. Esperamos sinceramente que los Musulmanes ganen la batalla. Cooperaremos con ellos según lo que hemos pactado.”
Los romanos fueron derrotados y Allah concedió a los Musulmanes una gran victoria. Todas las puertas de las ciudades colindantes les fueron abiertas; se organizaron bailes y cantos para celebrar el triunfo y tanto los cristianos como los judíos les devolvieron la yizia.[4]